Tornillo
By Insana.
Caminé sin mirar atrás, conciente de que alguien me seguía, pero al mismo tiempo, conciente de que esos pasos eran mi conciencia. Huí de ella, corrí más recio, hasta que casi deje de escucharla. Después me puse una venda en los ojos y le ordené a mi cerebro que olvidara la esencia de todas las cosas. Ya no sabía nada. Ya no sabía como era el color verde, como era un círculo, como era el frío o el calor. Continué caminando, adentrándome mas entre un laberinto de calles impenetrables, a las que solo tenia que ordenarles "abran paso" y me decían por donde debía continuar. Y escuché que alguien se reía de mí, pero una vez mas, era mi conciencia que me había alcanzado. "¿Donde estas?", me preguntó, "¿a donde vas?, ¿como has llegado aquí?". No supe contestar, no tenia la respuesta. Abrí la boca para decir algo pero solo emití un sonido bobo, pues había olvidado como hablar. Entonces me volví un poco y mi cuerpo aun sensible se fue hacia atrás, me golpeé la cabeza contra el suelo y vi un resplandor fatal, que desintegro la venda que me había cubierto los ojos... no, no los ojos, si no todos los sentidos. Escuché el trafico, escuché que unas señoras hablaban cerca de mi, escuché a un niño que lloraba, a un perro que ladraba. Abrí los ojos para verlos, estaban alrededor de mi, me apuntaban, y algunos hasta me veían con cara preocupada.
-¿Se encuentra bien, joven? -me preguntó una chica de aspecto noble, pero cuando quise contestar, volvió a salir de nuevo ese sonido bobo de mi boca. La chica retrocedió.
-Déjalo, Marietta -le dijo un chico-, esta loco.
Esta loco. Esta loco. Esta loco. Esta loco. Esta loco. Esta loco.
La frase se multiplicó en mi cabeza mil veces. Miré al suelo y vi mis pies, con las uñas largas como pezuñas, con mugre acumulada. Seguí el rastro de la suciedad hasta llegar a mis rodillas, que estaban negras. Me topé mas arriba con un taparrabos, o eso parecía el short de mezclilla jiriolo que llevaba puesto. También llevaba una camisa grasosa y rota. Levanté las manos ante mis ojos y vi que parecían una maraña de garabateos de pluma sobre papel. Me toqué el rostro, o más bien, la calavera fría que era mi cabeza. Y mi cabello era un trapo arremangado de mugre, tierra y cabello entrelazados. Quise hablar pero... no podía, siempre emitía ese sonido bobo sin cesar. Comprendí que lloraba porque me ardían las lágrimas en el rostro. Cuando mi visión se volvió borrosa y los de alrededor también, vi a alguien parado frente a mi, impasible y tranquilo. Me limpié los ojos y vi de quien se trataba: Era yo. Bueno... era el yo joven, guapo y arreglado.
-¿Que me ha pasado? -le pregunté, pero él no respondió. Una señora a un lado de mí le murmuró:
-Válgame Dios, ya esta hablando solo.
Nadie veía a mi yo joven, excepto yo mismo. Nadie vio que levantaba la mano y me enseñaba algo, una cosa diminuta que yo miré con ojos desorbitados.
-¿Necesitas esto? -me preguntó mi yo joven, y me enseñó el tornillo que sostenía en la mano-, se te ha perdido.
-¡Dámelo! -grité de pronto, desesperado.
-Aunque te lo diera -me dije yo mismo-, de nada serviría, nunca sabrías como colocártelo de nuevo en el cerebro.
Me lancé sobre mí y me agarré del cuello violentamente, mientras yo levantaba la mano para alejar de mí el tornillo. Las señoras comenzaron a gritar, pero ninguna hizo nada más. Algunos niños reían. La chica noble les rogaba que dejaran de burlarse de mí. Yo, mientras tanto, seguía estrangulándome, mirando mi mano levantada con ojos de deseo desesperado. Entonces miré hacia un lado, y en una de las tiendillas que me rodeaban, había un espejo, y vi en el que tenia las manos extendidas y que ahorcaba al viento. Cuando me volví para mirarme entre mis manos, ya no había nada, había desaparecido con todo y tornillo. Me eché a llorar hecho un ovillo en el suelo. ¿Que me ha pasado? ¿que es todo esto?, me pregunté, pero no supe que contestar.
De pronto, la chica noble se me acercó y me extendió algo blanco:
-Tenga joven, se le ha caído esto -dijo ella, y me entregó una venda blanca. Empecé a reír con júbilo, aunque no sabia porque esa venda me animaba tanto. Sin miramientos me la volví a poner y entonces todo volvió a la calma. No sabía nada. No sabía como era el color rojo, ni como era un cuadrado, ni como se sentía una ráfaga de viento. Una vocecilla me hablo al oído, pero antes de que dijera algo más, le espeté:
-Ya déjame en paz, no te necesito, ¡me enloqueces!

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