sábado, 28 de marzo de 2009

Estar solo no es casualidad (Cronicas)

Estar solo no es casualidad
By Insana.

Bueno, después de una extenuante época sin Internet, vuelvo a recuperarme como si se tratara de un resfriado. Siento todavía un ligero dolor de cabeza, como que el cuerpo se me tambalea solo, y las manos me tiemblan del nerviosismo porque se que de nuevo podré escribir algo y publicarlo.

Han pasado muchas cosas, algunas extrañas, otras no tanto, otras clásicas, unas mas esperadas y muchas aburridas, como siempre. Uno vive así una serie de aventuritas que me recuerdan mucho a las novelitas para adultos que compran los señores en su puesto de revistas semana por semana. Antes de cada entrega uno esta tan excitado por saber que es lo que va a pasar, y cuando comienzan a leer les cae un churrasquillo de decepción, hasta cuando llegan al final y la novela se vuelve trágica, pero queda incompleta… entonces esperan con ansia el número siguiente para saber en que continua. Mi vida ha ido un poco así.

Empezó con un veinteavo aniversario bastante efímero. Decidí no planear gran cosa, porque quería que mi entrada a la juventud (ya que paso de la adolescencia a la juventud) fuera por la puerta grande, y solo planee algo simbólico, algo así como un simulacro de muerte y resurrección, y que mejor manera de interpretarlo que: arrojándome del bonji. Pero todo fue un fiasco. Mandé invitaciones vagas por aquí y por allá para que un día antes de mi cumpleaños quien se decidiera acompañarme me acompañara, pero no quise formalizarlo demasiado así que solo di una especie de “advertencia”. A quien realmente le interesara me acompañaría. Total, que fui solo. Pero eso me gustó mucho porque tuve mucho tiempo para redescubrirme a mi mismo, y a mis capacidades también. Supe lo que quería y solo y sin ayuda de nadie lo alcance… aunque, al llegar a la cima de la montaña (en donde se encuentra el único Bonji en Monterrey) del cerro la Cola del Caballo, el bonji estaba fuera de servicio ese día. Pero, eso fue increíble, porque me senté en el borde de un acantilado a comerme un emparedado de verduras y aguacate, y estar ahí sentado sobre lo que era la enorme Sultana del Norte, y darme cuenta de lo increíblemente poderosa que era la sensación de paz ahí, solo, masticando un pan de centeno y escuchando el crujir de la lechuga. Entonces me di cuenta de lo mucho que me había aferrado a no estar solo desde entonces. Desde niño, siempre quise a alguien a mi lado. Lo recordé así todo súper rápido. Y fue increíble, porque me dio tristeza darme cuenta que realmente yo era ese que… que no quiere estar solo. Que tiene miedo de estar solo. Pero, en al darme cuenta de eso me di cuenta que solo podía deberse a una razón: me tenía miedo a mi mismo. Tenía miedo a estar solo conmigo mismo. A estar inconforme conmigo y discutir conmigo mismo. A no entenderme a mi mismo. A no poder apoyarme a mi mismo. A destruirme a mi mismo. Tenia miedo a eso… pero, al estar ahí arriba, a kilómetros y kilómetros de distancia de todas aquellas personas de las que me había rodeado, me di cuenta de lo placentero y gratificante que era estar solo. Descubrí la soledad de una manera muy… interesante, gratificante. Comprendí porque hay personas que tienen parejas hasta los 27 años, porque hay madres que quieren salir del closet después de tres hijos, esposas que quieren dejar a sus maridos… entendí porque no prosperan muchas de las relaciones… porque solo estamos ahí, pero realmente no queremos. No queremos estar ahí. Y eso se debe a que no sabemos estar con nosotros mismos. “Estar solo no es casualidad”, así dice en una pared, en una especie de acción poetica. Tienen toda la razón.