viernes, 19 de diciembre de 2008

Yo tambien soy Pobre (Cuentos)

Yo tambien soy Pobre
By Insana

© Todos los Derechos de la Obra reservados.

Era poesía andando. Era el calor del pecho la gloria mas grande, alcanzada por el mortal simple y arrogante, pero victorioso y lleno de euforia. Era, sin duda, su mejor tiempo. Apenas treinta y dos años encima. Apenas unos cuantos suspiros de vida. Apenas comenzaba a quitarse los restos del cascarón de huevo del cuerpo. Y el sol le decía que siguiera adelante, que no abandonara la barca, que podría caminar sobre el agua con victoria y sin ningún temor.

El cigarro, las medias de mujer, las risas, el jazz, el vino, el piano y el saxofón unidos haciendo el amor. La música. El Bar Abra Cadavra. Eran las doce en punto. Muchos seguidores habían ido a verlo. Su consentida auditoria parecía mas alegre de lo acostumbrado, y esperaban con ansias por la acción. Y entonces el telón se fue abriendo lentamente, como un ojo que despierta y ve la luz de la mañana penetrando por una inmaculada ventana. Y la vida parece tan romántica entonces.
El hombre negro dice:
-Y con ustedes, Oscar Garganta…
Y comienza el espectáculo. Dos tonadas de piano y una seguida de saxofón. Una melodía apasionada y lenta que recordaba la melancolía de tomar chocolate con galletas viendo un paisaje lluvioso. Y ahí estaba: alto, con el cabello hecho un trapo, sin sonreír, pero completamente extasiado por los aplausos de su publico, alzando una mano para pedir un poco de silencio y… la magia recorriendo el escenario. Su voz rasposa entonando una melodía que hablaba de flores marchitas y de besos húmedos, de abrazos a oscuras y sexo en las calles. La canción del amor.
Dos o tres horas de espectáculo. Recitó sus mejores temas: Una Palabra, La Renuncia, Cien años de ceguera, Ultimátum de primera plana, Tras de atrás, Era lo que era, Ignacia, Tortillas de Maíz, Adiós a don pene, Venir al mar, Tortura seria, La Caída de mama Goya, Amada de mi amada, Érase una vez, Lo que el viento no se llevo, Otras cosas, Nuevas poesías, Locura razonable… entre otras diez mas. El público bebió y lloro. El publico se identifico con todos los temas. El público gritó a garganta rasposa cada vez que tenía que hacerlo. El público admiró, siguió y se enamoró una vez más del mago de la música que habían ido a presenciar. Y al final… partió de nuevo al olvido. Esperarían otro año para volver a verlo. Otro año que nunca llegaría.


Oscar Garganta subió a su camerino para tomar un poco de vino y dejarse llevar por la euforia del espectáculo. Se encontró con Adrián Severo, quien intento llamarlo, aunque en vano, pues Oscar Garganta no tenía tiempo para detenerse con improvistos. Quería beber y si fuera posible hacerle el amor a alguna prostituta antes de irse a dormir su largo letargo.
Al subir las escaleras, casi arrolló al hombre que se recargaba en la pared tranquilamente. Ni siquiera lo tomo en cuenta. Abrió la puerta de su camerino, la cual, para su sorpresa, ya estaba abierta, y entró en la oscura habitación, aun ignorando cualquier indicio de algo extraño. Buscó el interruptor de la luz y cuando lo encontró y los acciono, sintiendo la luz clara de las lámparas. Sonrió al ver la sorpresa que lo esperaba, como era lógico en él.
Una muchacha que no parecía ser mayor de veinte años, delgada, pero raquítica, con la cara curiosamente demarcada, y el cabello de paja dorado enmarañado un poco menos que el de él mismo. Una muchacha muy linda, pensó. Era el equivalente a un racimo de flores. La chica parecía llevar algo en los brazos, y cuando se percato de ello, sonrió aun con más alegría. La prostituta no solo le había traído sus servicios, sino también un obsequio. Debía desaparecerse más seguido del mundo del espectáculo, haber si así obtenía más regalos como esos.
Pero de pronto el bulto en los brazos de la mujer pareció moverse. Escuchó un ligero quejido, y sin dejar de mirar el bulto, se dio cuenta que alguien mas había entrado en la habitación. Era el hombre del pasillo.
-Ya es hora de que lo hagas, Mona, no hay nada más que decir. Entrégaselo.
La muchacha estaba llorando. Sus lágrimas eran perlas frías que se quedarían grabadas para siempre en la memoria de Oscar. Ahora la recordaba. Era la pequeña Mona Estrada. Era la pequeña bruja que había perdido su caldero en el interior de la música que Oscar le había recitado al oído, mientras, apasionado en todos los sentidos, la había penetrado una y otra vez, hasta robarle todo lo que había tenido de virginidad. Ahora la recordaba, pero no sabía exactamente cual era su imagen en aquellos momentos. Solo recordaba el sexo.
-Esto… -comenzó de nuevo aquel hombre, que parecía más viejo que él, y que sin duda, lo era-, es el fruto de tus perversas acciones. Tu música asquerosa y tu repugnante imagen de vago sin causa… hijo de mierda, mira lo que le has hecho a mi hija.
-Era una diosa -musitó Oscar, recordando la canción que le había dedicado a Mona después de dejarla abandonada… Una Diosa del silencio, que entró muy hasta adentro, de mis ser sabiendo ser, la viuda de la vida, la amante de la locura, la entrega sin reserva… era una diosa, una Diosa de la pasión…
-Y ahora… -lo ignoró aquel hombre-, tienes que pagar por lo que has hecho. Tu hijo esta bajo tus propias manos.
Oscar sonrió. Todo aquello le parecía una película de absoluto trama y un extraño humor demasiado cómico, y sin embargo, todos actuaban de maravilla. Aquel hombre arrebatándole de los brazos a la muchacha a aquel pequeño bulto, quien, sin más ni menos comenzó a chillar del terror cuando lo dejaban sobre un sillón mullido por tanto uso para el sexo. La muchacha muda del dolor y la tristeza, mientras aquel hombre la jaloneaba para salir de la escena. Y ahora lo abandonaban. Lo tiraban. Le daban un golpe, una bofetada. Un beso de partida. Y ahora… el aplauso. La escena había terminado. Cerrarían el telón y lo abrirían de nuevo con otros personajes, otra historia, otra locura.
Pero en lugar del aplauso, solo había un llanto que le llegaba lejano, como una canción mal sintonizada en una radio. Una canción que se volvía más fuerte, más clara, más dolorosa y mucho más real.
Cuando entro en razón, corrió escaleras abajo para buscar al hombre violento y a su hija desamparada, pero lo único que encontró fue a un desesperado Adrián Severo, quien lo acribillo con excusas acerca de porque los había dejado entrar, pero ninguna excusa de porque los había dejado salir. Se habían ido. El humo se los había tragado. El murmuro de sus pasos veloces se había esfumado. Solo se había quedado el aroma de las lágrimas de Mona. El ambiente apestaba a ese perfume extraño.
-No vas a creer lo que pasó -le dijo Oscar a Adrián, riendo de locura, como si todo aquello fuera tan inusualmente hermoso y sobre todo, gracioso, como para negarse a rebatir aquel lindo gesto.
Oscar subió a Adrián Severo a su camerino, y antes de decirle cualquier cosa, echo una carcajada tremenda. El llanto aun no cesaba…
-Este tipo… el ruco, me jugo una buena… escucha, el sonido todavía esta ahí.
Pero Adrián no sonreía. Adrián no estaba drogado. Adrián veía la realidad, y con terror se dio cuenta de que un pequeño infante se retorcía entre las sabanas tratando de no asfixiarse, tanto por el aroma sexual del sillón, como por la increíble y repugnante soledad que lo abrumaba. El bebe era real.
Adrián no dijo nada. Un silencio calló entre ambos cuando Oscar se acerco para comprobar lo que temía, pero que simuladamente fingía no temer. La criatura era real. Tan real como sus manos, como su cuerpo y todo lo que había dentro de él. Debía tener por lo menos unos tres meses de nacido. Apenas si era un pequeño trocito de carne con vida, pensó Oscar, y era un trocito de carne con vida que él había traído al mundo. Miro esos ojos espesos y verdes tan familiares, los ojos que cada mañana veía en el espejo cuando se preparaba para salir a la acción del mundo. Los mismos ojos llorosos que tenía cuando caía demasiado en la depresión de sus locuras. Era su hijo, sin duda alguna.
Oscar se quedo largo rato mirando al pequeño, que no dejaba de llorar. Un largo rato que pareció infinito. Mientras veía esos ojos, ya pensaba en la próxima letra de su siguiente canción: Alguien se ocultó ahí, ojos verde mar y verde gris, algo mágico que sabe que si, cierra mucho su mirada, acabara tirado en cama, para nunca mas volver a reír… es el fin, es el fin, ojos verde mar y verde gris…
-¿Cómo lo llamaras? -pregunto de pronto una voz en su cabeza, pero era Adrián.
-¿Cómo dices?
-¿Qué nombre le pondrás a tu hijo?
-¡No es mi hijo!, no pienso quedármelo, esa zorra vendrá por él pronto y esto se acabara rápido. No soy un idiota, no estoy para tales pendejadas.
-Aun así, necesita un nombre.
Y se llamó Rodrigo Garganta. Y Oscar Garganta le advirtió a Rodrigo Garganta que no se quedaría con él mucho tiempo. Que buscaría a la puta de su madre, Mona, y en la primera oportunidad se lo arrojaría en la cara para demostrarle quien mandaba. Y en cuanto al vejete que lo había llamado “hijo de mierda”, se las pagaría con severas consecuencias.
Pero pasaron los días. Pasaron los meses. Pasaron dos años. Oscar Garganta se había dedicado a buscar a la mendiga de Mona, por supuesto, en vano, porque la muy desgraciada parecía haberse suicidado y después escondido su cuerpo tan perfectamente como solo una demente como ella lo sabría hacer. Oscar pensó que tal vez había salido del país. Oscar pensó que tal vez podría haber viajado a la Luna. Oscar pensó que quizás simplemente había sido un sueño… pero cada vez que despertaba se daba cuenta de lo equivocado que estaba, puesto que siempre, todos los días, un pequeño de dos años y medio lo miraba con los mismos ojos con que él solía mirar a todo mundo.
El departamentillo en que vivía se fue haciendo más miserable cada día. El pequeño lo miraba con paciencia, como si esa fuera la mejor manera de obtener algo de él. Lo miraba con tranquilidad mientras gastaba todo su dinero en un terrible afán de deshacerse de él. Lo miraba con aspereza cuando gritaba y golpeaba las paredes por cada intento fallido. Lo miraba con admiración cuando escribía otra canción, y otra canción, y otra canción y después las olvidaba. Lo miraba, sin embargo, con tristeza, cuando notaba que había caído convirtiéndose en lo que nunca había querido ser: un don nadie.
La resignación nunca llego hasta el quinto año de vida de Rodrigo Garganta. Después de perderlo todo, de darse cuenta que escarbando en la playa no se lograra hacer otro océano y dándose cuenta que, desde el suelo se puede estudiar mejor el cielo. Oscar Garganta se pudo ver entonces las cicatrices que había dejado gracias al tiempo que había perdido. Había caído en el olvido. Había olvidado caer. La realidad se había vuelto un sueño admirado desde la platea. Se había vuelto una vela mortecina amenazada por un simple suspiro de agonía. Y ahora se sentía tan frustrado, solo, confundido y abandonado, que ya había olvidado el motivo por el cual había estado buscando a Mona.
Y en el barrio nadie hablaba en voz alta. Solo existían susurros del viejo ermitaño que vivía en un departamentillo sobre una casa en ruinas. Un viejo y un niño. Y de música que de vez en cuando salía por las desprestigiadas ventanas sin vidrios y llegaba a oídos de la gente. Una música como de llanto.
Oscar Garganta pensaba en las formas de las nubes, sumido en el éxtasis de la droga que se había inyectado. Pensaba en los hermosos rostros que se dibujaban en el cielo y en la magnificencia con que se turnaban para andar por ahí flotando como si tal cosa. Y entonces escuchó una melodía. Sonrió. Los ángeles habían llegado por él. Por fin sus deseos se harían realidad. Y la melodía era hermosamente horrible. Le faltaba afinación. Le faltaban retoques. Le faltaba coordinación. Sonaba a él cuando había agarrado su guitarra por primera vez. Entonces había sido un escuincle harapiento, lleno de orgullo tratando de aprender guitarra porque había escuchado decir a la mujer que amaba que le gustaba ese instrumento. Había tomado la guitarra de su abuelo y se había pasado toda la noche raspando las cuerdas y creyendo que hacia música. Su caricia me pertenece, aunque sea como la de una roca, su sonrisa se doblega, cuando yo le hablo de rosas, y se que cuando ella sabe que yo la amo, se le pone la frente roja, porque la vuelvo loca, loca, completamente loca… Y entonces se le ocurrió una idea. Una idea que por cierto, para él, era espeluznante. Se le ocurrió la idea de que la música tal vez no era un sueño. La idea de que alguien producía ese sonido le llego como una repentina combustión.
Y abrió los ojos. Desaparecieron las nubes y los rostros hermosos dibujados en ellas. Desapareció la magia y apareció la realidad. Alguien había descubierto el truco del hechizo del mago tramposo.
Caminó -o se arrastro-, hasta la habitación continúa a donde se encontraba. Escucho detrás de la puerta antes de abrir. Comprobó que el sonido provenía de ahí. Cuando cruzó el marco viejo de la chirriante puerta, el corazón le dio un brinco extraño que le quitó lo drogado de un momento a otro: ahí estaba él mismo a los cinco años de edad. Un príncipe de ojos verdes vestido de elegantes harapos, sin zapatos, con la mugre entre los dedos de los pies, orinado, zurrado, con el pelo pegajoso. Era él, sin una sola duda.
Las lágrimas le quisieron brotar desde las cuencas de sus ojos, pero al parecer se las había acabado en otra ocasión estupida. El mundo, con una simplicidad de espanto, se había reducido a nada. Las flores ya no eran flores, y los besos ya no eran golpes. Nada de lo que sentía parecía real. Lo único real en esos momentos era el dolor que sentía por si mismo. Es decir, por la criatura que tenia entre sus manos la deslustrosa guitarra y en ese instante borraba la sonrisa de su rostro por el arrebatado acto de su padre de querer cortarse las venas. Parecía que no le había gustado mucho la sorpresa.
-Papa -escuchó Oscar Garganta detrás de si, al darse la vuelta en un intento desesperado de salir volando de ahí, como si fuera posible-, creí que te gustaría.
Que espeluznante parecía ese sentimiento que lo abarcaba. Pensar en ese momento que el niño podría tener voz. Nunca lo había escuchado. Nunca lo había mirado. Nunca, siquiera, lo había sentido. Para él, hasta ese momento, esa criatura había sido tan solo un estorbo innecesario brindado por la hermosa y perfectísima madre naturaleza. A él no le importaba. Tan solo se había hecho de excusas para fingir que quería deshacerse de él. Tan solo lo había ignorado, como quien ignora un dolor de cabeza. Y al final, se dio cuenta que era por lo que había vivido, muerto, e incluso llorado en esos últimos cinco años. Y lo peor fue cuando se dio cuenta de su sonrisa, como había sonreído él cuando su abuelo lo encontró en la azotea con su guitarra. Era una sorpresa, y no una sorpresa cualquiera. Era un obsequio que solo el amor puede dar. El perdón.
Oscar Garganta se pregunto en las miles de veces que había lastimado a ese pequeño niño. Se pregunto cuantas miles de veces mas habría como excusas para que le guardara un odio incrustado profundamente y que lo marcaría toda la vida. Se pregunto, cuantas veces, simplemente, lo vería sonreír como en esos momentos.
Se dejo caer de rodillas, sintiendo el dolor quemándole el corazón apunto de explotar. La tristeza. Toda esa soledad abismal que había en ese lugar. Todas las paredes clamando libertad. Todo, completamente, nada. Abrazó a su hijo. Pudo sentirlo por primera vez. Sus pequeños huesitos bajo la frágil tela de su mugrienta piel. Y esa cabecita, tan ligera, como una bola de cristal. Cuanto no podría decirle en ese momento. Cuanto tiempo había desperdiciado.
Cambiaria. De ahora en adelante todo seria diferente. Sin duda, esa era solo una nueva destrucción que abriría paso a una hermosa y nueva era de árboles azules y cielos verdes con ríos rosas y vientos amarillos.
Y así se quedo largas horas, con su hijo entre sus brazos, con los ojos cerrados y pidiendo perdón en voz baja. Se quedo así hasta que su hijo se durmió. Lo llevo al catre donde pasaba las noches. Se dio cuenta que el pequeño lo había movido hasta una ventana sin vidrio, desde donde podía ver claramente la luna llena a través de ella. Una hermosa luna llena que en esos momentos iluminaba el pequeño rostro de su hijo. Y así se quedo otro rato mirándolo, o mas bien, admirándolo. Pensaba en lo rápido que pasaban las cosas, y de pronto, se dio la vuelta para admirar lo que hasta ese momento había llamado “hogar”.
Las paredes sin pintura. Se podía ver el bloc lleno de polvo y con graffiti. Apenas si las puertas estaban en su lugar. El piso estaba lleno de basura inservible: bolsas de frituras, latas de refrescos, ninguna comida nutritiva. Se pregunto como había sobrevivido todo ese tiempo. Estaba más esquelético que nunca. Su hijo, peor. Lo imaginó hurgando en la basura para buscar un poco de alimento y sintió una leve punzada de culpa en el pecho. Caminó unos pasos y arrastro con los pies un cartel apenas distinguible que figuraba con claras letras el slogan: Oscar Garganta… de la garganta a los pies, 13 Noviembre, Bar La Tumba. Y el recuerdo le llego entonces como una dulce corazonada. ¿Cómo se había ganado la vida antes?, se pregunto con una sonrisa. La música, dijo una vocecilla en su cabeza. Sonrió por semejante locura, y sin más ni menos, se dirigió a la habitación continua y recogió su gastada guitarra. Limpió el polvo de su lomo y la admiro con benevolencia. ¿Cómo se ganaría la vida ahora que de verdad lo deseaba?...
A la mañana siguiente salio de su casa no sin antes conseguir un poco de comida para su hijo, y haberse asegurado que se había comido hasta el ultimo chupete de la misma. Sonriendo, le dijo que volvería enseguida y lo dejo en casa mirando por la ventana al mugriento de su padre alejándose con una sonrisa de locura. Ni siquiera se fijó en los vecinos que lo miraban con gestos inquisidores al pasar.
Su plan era simple: Buscaría a Adrián Severo y le pediría la ayuda necesaria.
En otros tiempos, ambos habían sido uña y mugre en cuestiones de negocios. Oscar se dedicaba a la creación artística, y Adrián a su divulgación. Ambos habían logrado llegar lejos gracias al gran esfuerzo que habían acometido a sus deseos personales. Solo seria cuestión de encontrarlo y de explicarle lo que pensaba hacer: volver al escenario.
Pero se dio cuenta que las calles habían cambiado completamente. La ciudad había crecido drásticamente en esos cinco largos años. Apenas si se había dado tiempo para mirarla un poco y darse cuenta de que ya no era la misma de siempre. En aquella donde se había paseado con más de cien mujerzuelas fumando, tomando y riendo. En aquella donde se había hecho un icono en el anonimato de sus pocos pero fieles admiradores.
Entonces recordó el rostro de Adrián Severo cuando habían discutido el accésit a la verdadera fama: la llamada de un productor de música que había ido a tomar una copa a un bar justo cuando Oscar Severo se presentaba a dar un concierto. El hombre se enamoro de aquella voz y aquella estratégica forma de transmitir sus sentimientos. Quería ponerse en contacto directo con Oscar, pero como siempre este se había escabullido como una salamandra de las llamas y se había perdido por completo. En ese momento fue Adrián quien respondió por Oscar, llamándose a si mismo su representante.
Pero Oscar no estaba para tales mofas. Para él la fama era solo el ser escuchado, una noche, dos o tres horas, sin mas miramientos, en un pequeño y soso bar en las entrañas de la ciudad. La fama en la cual aparecías en las cadenas de televisión dando entrevistas, conciertos o incluso comerciales, le parecía mas egoísta de lo acostumbrado. Para él, no era necesario semejante teatro para vivir plenamente.
Pero a Adrián eso no le había parecido. Para Adrián esa era la oportunidad de salir de la pobreza en que se sumergían. Un contrato con una disquera significaba mucho, pero mucho oro convertido en pepitas llamadas monedas. Y cuando Oscar se río de él, como si ambos encontraran gracioso aquel acontecimiento, la ofensa fue tal que Adrián desapareció por mas de tres meses. Oscar le dedico varias canciones: El desaparecido, como la estela del humo entra por ahí, en una rendija de la nada a donde fui, el desaparecido, el desaparecido, se pasea por donde yo no fui… Pero después apareció de nuevo, y había hecho como que nada de eso había pasado.
Oscar amaba demasiado a ese hombre como para no confiar en él en esos momentos. Sabía que era su única ayuda.
De un teléfono público llamó al Bar Abra Cadavra. Le contesto una voz áspera y cansada, pero que no era de Adrián. Al preguntar por el susodicho, le dijeron que hacia años que no sabían nada de él. En un cuento que hablara sobre amabilidad le dirían que en lo rastrearían así tuvieran que doblar el turno de su trabajo para después comunicarlo con él, pero en cuanto la voz dijo que no siguiera molestando, le colgó fríamente.
Llamó por segunda ocasión a Gran Cueva, pero al igual que en Abra Cadavra, ahí tampoco sabían nada de Adrián. Igual sucedió en La Tumba, en Carne Roja, y hasta en El Tequila. Parecía que había desaparecido hasta que llamo a Tico`s bar, un lugar pequeño y sucio pero en donde había hecho varias presentaciones con poca luz y muchos gritos. Ahí le dijeron que Adrián Severo ya no trabajaba ahí, pero, que al haber sido un buen amigo del pasado, lo comunicarían con él. Y así consiguió el teléfono de Adrián Severo.
-¿Diga? -contesto aquel hombre de voz ronca.
-Lo he decidido -le explico Oscar Garganta sin más miramientos.
El destino es sin duda una ruta de muchas vueltas y pocas paradas. Como un árbol enorme que pierde sus hojas, pero no su belleza. Cada rama, cada tentáculo o como sea que los llamen. Toda esa conexión hacia el gran corazón... cada extremo es un final.
Cuando Oscar Garganta volvió eufórico a darle la noticia a su hijo de que por fin tendría un trabajo eficaz y un sueño en las manos, buscó al pequeño por toda la casa, pero no lo encontró. Una broma. Debajo de los mullidos sillones no estaba. Tampoco en la mofa de cocina, ni en la sala ni el recibidor de lujo. Por la ventana no pudo haber saltado porque estaba muy alto, casi hasta el cielo, aunque ahora parecía el infierno.
Oscar guardo silencio. Se quedo de pie en medio de un montón de imágenes de terror, recuerdos y emociones que abarrotaban su alrededor. Un miedo le atenazo repentinamente… al instante siguiente se encontraba corriendo por toda la calle gritando el nombre de su hijo. Los vecinos no se hicieron esperar y comenzaron a asomarse por las ventanas de sus casas pétreas y maltrechas, como búhos que asoman por el agujero del árbol, mirando con malicia a través de una sombra que solo ellos ignoran.
Oscar calló de rodillas, destrozado, desesperanzado, rendido, débil, malhumorado, triste y completamente loco. Solo le hizo frente Juana la Loca, como le decían en el barrio a aquella mujer.
-Tu hijo esta en un lugar mejor -le escupió en la cara a Oscar Garganta. Este solo pudo pensar en una cosa: Dispara en la frente, el tiro de suerte, mirada de muerte… no te apoderes de mi mente… Loca, sin duda esta Loca…
-Hace unos momentos llame a la gente que ha venido por tu hijo. Se lo han llevado con una familia que puede darle mejores cosas que las que tu nunca le podrás dar. Debes estarme agradecido.
Se imagino a Juana la Loca muerta. Un carro… no, mejor un camión. Si, un camión la había arrollado y había esparcido por toda la calle sus repugnantes carnes, su maloliente sangre y sus crueles sentimientos.
La mujer se dio la vuelta y dejo a Oscar tirado en la calle. Dos niños pasaron cerca y se burlaron de él.
-Es el loco -murmuraron aquellos pequeños.
El cielo se había caído. El infierno había florecido. Las ideas de una vida perfecta solo eran quimeras mal construidas y adheridas con un pegamento marca utopía.
En los siguientes días ningún esfuerzo le produjo solaz. Todas las llamadas a instituciones para la familia y los niños abandonados fueron en vano. Nadie tenía registrado el nombre de Rodrigo Garganta. ¡Que estupido!, se maldijo a si mismo golpeando la cabina telefónica. Nunca había registrado a su hijo, ni lo había bautizado o marcado como marcan a los caballos de un establo. El niño era una célula pura, sin nombre, sin color y sin olor. Un anónimo en la existencia. Nunca lo encontraría.
Adrián Severo le ayudo todo lo que pudo, pero ni siquiera juntos pudieron salvar lo que querían. Sumido en su depresiva tristeza, Oscar Garganta no quiso saber nada de la música, de nueva cuenta. Pero Adrián lo animó:
-Tienes que hacerlo, si lo consigues, tal vez sea otra manera de llegar a tu hijo. Si te haces famoso, algún día el te reconocerá en la radio, o incluso en la televisión.
Una nueva luz nació dentro de la oscura desesperación de Oscar. Adrián no estaba equivocado del todo. De hecho, tenía mucha razón. La fama consistía en una manera extraordinariamente rápida de crecimiento en el mundo. Como la espuma de la lavadora. Alguien, por mas recóndito que se encontrara, sabría que existes y que tienes un nombre.
Oscar puso manos a la obra.
Adrián Severo se encargaba de todo lo esencial. Era el representante de Oscar y cualquier contrato que Oscar tuviera que firmar, Adrián ya lo había leído y releído más de treinta veces haciéndose preguntas básicas acerca de posibles fraudes o trucos engañosos. Cada palabra poseía un significado, y Adrián no reparaba en buscarlo en algún diccionario para estar seguro de si era o no era, negro o blanco, verde o morado. Su minuciosidad asustaba a algunos promotores que querían a Oscar por su música, pero otros tantos se divertían y les parecía bastante agradable la simpatía con que Adrián y sus preguntas tontas los abordaban.
Eran contratos de muchos billetes.
Oscar se encargaba de todo lo demás. Todo lo que ya sabía hacer. Poner una letra aquí y quitar una allá. Agregar palabras torpes para hacer parecer una canción melancólica, o ardiente, según fuera su parecer.
Sus instrumentos básicos eran la guitarra acústica y la eléctrica. Sabía un poco de violín y piano, y mucho sobre saxofón y acordeón. Su ritmo aterciopelado en canciones con letras que parecían vomitadas por un cerebro bastante inteligente, esclarecía su gran talento para la música.
No tardo en grabar su primer disco: Hacia ti.
Solo Adrián sabía la profundidad de esas palabras. Solo Adrián lo comprendía. Cada vez que subía a un escenario buscando tontamente entre el publico a un escuincle que a esas alturas debía de tener por lo menos once años. Solo Adrián se compadecía de su tristeza al bajar del escenario y largarse solo a su camerino. Y solo Adrián admiraba sus inmutables esfuerzos por levantarse todos los días con la letra de una canción en la boca, y murmurando al mismo tiempo: “Con esta si me reconoce”.
Pero por más que Adrián lo intentara, nunca comprendería el gran lazo que unía a Oscar Garganta con su hijo.
-Quizás en la casa donde esta viviendo no tienen televisor o radio -comento una vez Oscar, arrojando su guitarra a un montón de basura en su camerino-, ¿Cómo putas quieren que tenga una mejor vida si no tiene televisor ni radio en esa casa?
Al día siguiente, Oscar adquirió un departamento en el centro de la ciudad. Era un departamento en lo más alto del edificio, para que el cielo se viera más claro y despejado, y los sonidos de la ciudad llegaran distantes y sórdidos.
La habitación que escogió para su hijo era la más grande. Le compro una cama inmensa. Le compro una guitarra de alta calidad, reposada en un fino mostrador, completamente inmortalizada.
Y así pasaron los días. La fama de Oscar Garganta creció considerablemente tras tres discos complejos y bien trabajados. Pasaron los meses, y después los años. Tan lentamente como se podían ver e imaginar, pero a Oscar Garganta el tiempo no lo tocaba. Seguía siendo el mismo loco de cabello harapiento y greñudo. Lo único que lo tocaba era la soledad.
Después de diez años, la búsqueda ceso al fin.
Fue Adrián Severo quien le dio la noticia:
-Lo he encontrado -le dijo tan apresuradamente que tuvo que tomar tiempo para recuperar el aliento-, lo he encontrado, su madre… es decir, su madrastra me ha llamado para pedirme un concierto privado en su mansión…
El oro… la lujuria. Dentro de la mansión duerme tu ángel, el cántico del cielo le hace reposar…
-La mujer esta bañada en dinero. Dice que su hijo Arturo es un gran fanático tuyo, el numero uno. Quiere darle una sorpresa para su cumpleaños.
Tardó largo rato para que Oscar Garganta asimilara las palabras de Adrián Severo.
-¿Cómo sabes que se trata de él? -le pregunto Oscar a Adrián.
-Porque lo he visto… bueno, lo he investigado, ya sabes que soy muy escrupuloso en esas cosas… me gusta estar seguro, y vaya sorpresa que me lleve…
-¿Pero como estas seguro?
-Tiene tus ojos Oscar, no hay forma de confundirlo. Tu mismo rostro.
Oscar se había puesto de pie inconcientemente. De pronto callo rendido nuevamente en el sofá en donde descansaba, pensando en una letra que no podía recordar hacia mucho tiempo, la letra de la canción que su hijo estaba cantando mientras el se drogaba en la habitación continua. La letra de la canción que su hijo había escrito para que su padre se sintiera orgulloso de él.
-Pues… ¿Qué esperamos? -dijo al fin.
Adrián le aclaro que quería estar seguro de que el estuviera seguro de su seguridad. Rió al final por el embrollo de la situación pero pareció muy feliz. Oscar, sin embargo, se mantuvo completamente serio durante un rato. No podía dejar de pensar en su hijo. Por la situación, estaba seguro de que Adrián estaba completamente equivocado, insano para comprender semejante barbare.
Había algo mas profundo.
Su hijo vivía ahora en una mansión. Su hijo tenía miles de lujos. Su hijo, que tenía el dinero a su merced, pudo haber contactado con él hacia mucho tiempo, siendo tal que fuera en realidad su admirador numero uno. Y no lo hizo. ¿Querría en realidad su hijo volver con él? ¿Recordaba su hijo como había vivido con él? ¿Podría soportar imaginarse conviviendo entre la mierda y la nada de nuevo?... y por otra parte, ¿Quién era él para arrancarlo de su vida perfecta? ¿Qué clase de monstruo haría eso?
Estuvo apunto de decirle a Adrián que cancelara el concierto privado. Pero no lo hizo, algo lo detuvo. Adrián llamo a aquella mujer de un nombre impronunciable, y arreglo la cita. Todo estaba preparado. Según la mujer, su hijo Arturo cumplía años el 12 de abril, pero Oscar recordaba claramente que el día en que había sabido de la existencia de Rodrigo Garganta había sido el 9 de octubre. En todo caso, eso no importaba demasiado.
Antes de asistir a su presentación privada, se la paso en el cuarto que había creado para el pequeño. Lo imagino sentado en la cama mientras escribía una canción todo el día, mirando por la ventana para tomar inspiración… De pronto, esas ilusiones parecían solo eso, ilusiones.
La ruta hacia la mansión parecía onírica. Miles de árboles conversando entre ellos desde las aceras, mientras lo miraban y apuntaban con sus ramas. La limusina que habían enviado por ellos parecía tan monstruosa, algo tan grotesco, en lugar de sofisticado y delicado. ¿Cuánto valdrían esas cosas?, ¿tendría un verdadero significado todo aquello en la existencia de un humano?
Por fin llegaron. El lugar tenía un enorme jardín. La limusina atravesó un portal inmenso de trabajada forja. Miles de angelitos convertidos en estatuas sobre fuentes en cada jardín de flores. Y la vida pierde su romance en ese instante. Locura tras locura, la razón nunca fue buena.
Al bajar de la limusina, un trajeado y guapo empleado de la nada los condujo hacia un lugar especial, detrás de la casa. Al caminar, pudieron escuchar las risas de chicos en algún lugar del jardín. Oscar tuvo un respingo en el corazón. Pero supo que ninguno de ellos era su hijo. Sin embargo, Rodrigo debía andar cerca, porque Oscar lo sentía.
-Los recibirá directamente la señora Lourdes -les explico aquel cortés empleado-, les pido por favor que esperen aquí.
Y los dejo ahí, detrás de unos repudiables árboles podados para adoptar la forma de un corazón. ¿Eso era “naturaleza”?, pensó Oscar. Tenia una incesante duda por saber lo que su hijo pensaba de ese teatro que ofrecía tan poco solaz.
Después de unos minutos apareció aquella mujer. Oscar sintió su repudio como una bofetada inmediatamente. La mujer lo miro de arriba hacia abajo y casi lograba ocultar por completo su asco, pero no pudo. Su vestido rojo con pequeños cristalitos que destellaban por doquier, su copa con vino tinto en una mano llena de argollas de oro y plata, y su trabajado peinado de estética para gente oxidada… todo eso, frente a un ser que llevaba los pantalones de mezclilla rotos y en apariencia sucios, una chamarrilla de cuero negro con tatuajes, y su cabellera enmarañada y ensortijada de lo que sin duda parecía mugre, todo eso, pensó Oscar, cuanta similitud guardaba, y sin embargo ella no se daba cuenta.
Sin embargo:
-Buenas tardes -dijo cortésmente la mujer, pero sin extender la mano a modo de saludo. Miro a Adrián Severo y le dirigió una sonrisa cómplice que este no contesto-, quiero que sepan lo muy agradecida que estoy de que hayan venido. Verán, esto es un regalo sorpresa.
-Estamos agradecidos por su elección -le explico Adrián, pero aunque sus palabras fueron escogidas y correctas, no dejaron de parecer ofensivas y sucias ante esa mujer.
-Bueno, tengo mis motivos, te lo aseguro.
Un gesto de asco por parte de Oscar.
-Pues verán… -continúo aquella mujer-, antes que nada tenemos que presentarnos. Me llamo Lourdes de Borbón, y mi familia proviene de Grecia. Pero eso no importa… verán, la razón por la que hago esto es simple: he visto a mi pequeño Arturito un poco triste ultimadamente…
-¿Usted le ha preguntado porque? -la interrumpió Oscar, sin importarle la mirada que ella le hecho…
-Pues… pues no del todo. Solo he puesto mucha atención en él.
-¿Qué clase de atención?, ¿le compra cosas para que este feliz?
-Pues si, eso es lo que hago, pero como vi que no funciona tuve que utilizar otros métodos.
-¿Qué métodos?
La mujer tomó un poco de aire y trato de tranquilizarse. Parecía muy exasperada. Tendría que tener un motivo muy grande para tener a esos dos hombres ahí. Oscar tenía que saberlo.
¿Y si la mujer sabia el maridaje que existía entre ellos?, ¿habría descubierto que en realidad su hijo era sangre del mismo hombre que ahora miraba con desprecio y asco por su apariencia?
-Pues yo… verán… he tomado medidas distintas. Me he puesto a leer lo que él escribe.
Oscar sintió otro respingo en el corazón. Su hijo escribía, igual que él. ¿Escribiría canciones o poemas?
-El escribe cosas extrañas.
-Sin duda serán poemas -aclaro Oscar.
-Pues yo he leído poesía y no se le compara nada. Pero vaya, mi hijo escribe mucho -mas de lo normal-, y me preocupa que piense que eso es lo que querrá hacer pasa su vida. No quiero que se convierta en un vago y vulgar. He gastado demasiado en él para que tome esa ruta.
Oscar estaba muy atento. ¿El odio sonaba a campanas?
-Creo que es hora de comenzar, ya están convocando a los muchachos… ya sabe, unos amigos del colegio de mi hijo. Batallé bastante para que decidiera invitarlos, pero es que todos ellos son tan lindos… Pero en fin, en resumen, un día lo escuche mientras estaba escuchando uno de sus discos. Nunca me he logrado explicar como los consiguió. Pero cuando me di cuenta que no dejaba de escucharlos, siempre a escondidas, decidí darle una sorpresa para su cumpleaños… es su admirador numero uno.
-¿Cómo lo sabe?, ¿se lo ha preguntado?
La mujer lo miro. Oscar sonrió ¿Podía ser alguien tan repugnante?
-Pues no, no lo he hecho… solo espero que después de su sorpresa ya no se sienta tan atraído por semejantes… pues… cosas.
Oscar soltó una carcajada.
-Pero en fin -continúo ella, haciendo ademán de retirarse, completamente furiosa-, después del concierto tendré que pedirles que se retiren. Les pagare en efectivo inmediatamente.
-Lo agradecemos -se expresó Adrián al final, mientras la mujer lo dejaba con la palabra en la boca y se alejaba por el jardín.
Enseguida llego otro elegante y guapo esclavo de la reina y les explicó por donde dirigirse. Entraron por detrás de la casa y fueron por pasillos y habitaciones enormes (siempre escondidos y con paso apresurado para no ser vistos), y al final entraron en una especie de salón enorme, con telón, circo, maroma y teatro, luces y la ausencia de la acción. Un letrero que decía: “Felicidades Arturito” colgado desde lo alto. Y el silencio.
-¿Qué piensas de todo esto? -le pregunto Oscar a Adrián, una vez que el guapo empleado se había retirado.
-No lo se… esa mujer es tan… tan…
-No lo digas. Si lo dices perderá su esencia.
Guardaron silencio de nuevo.
-¿Estas nervioso? -pregunto, al fin, Adrián.
-He hecho esto un puñado de veces, ¿crees que estoy nervioso?
-No lo se… solo pensé que… nada, olvídalo.
Estaba muy nervioso. Le sudaban las manos, la frente y las axilas. El tiempo corría lenta, muy lentamente mientras esperaban a que sucediera algo. Por fin, parecieron solo segundos cuando llego de nuevo el guapo empleado y les indico que era hora de comenzar. La guitarra de Oscar había sido transportada hasta ahí, y lo esperaba cerca del micrófono. Adrián se puso de pie y le dio un abrazo cortes de “buena suerte”. Después, salio del escenario. El telón aun no se abría. Oscar se ajusto su guitarra dispuesto a comenzar. Pero sin embargo, estaba aterrado.
Aun cabía una posibilidad: la de que Arturito no fuera en realidad Rodrigo Garganta, sino un admirador suyo con la suerte suficiente para que su madre le hubiera llevado en vivo a su cantante favorito. Existía esa probabilidad. Pero sabía que era Rodrigo. Lo sabía porque podía sentirlo cerca. ¿Tendrían todos los padres ese don especial?, se pregunto Oscar.
Se escucharon risas detrás del telón. Alguien les ordeno a los chicos que no se acercaran al telón, que no lo abrieran, que era sorpresa. No eran niños pequeños, porque algunos tenían la voz ronca. Sin embargo, su risa parecía fría. Se escucho el movimiento de sillas que se mueven por doquier. Una multitud de chicos hablando y riendo por todas partes. Algunas chicas reían de más.
-Por aquí Arturito -dijo la voz de Lourdes-, siéntate aquí, te tengo separado el mejor lugar, frente a el escenario.
Una ultima oleada de risas y después, Lourdes los silenció a todos sabrá Dios con que truco.
-Creo que es hora -dijo, asomando la cabeza por el telón y sonriendo macabramente a Oscar.
Y de nuevo aquella sensación. Las tripas se le habían salido. El corazón iba a estallar. El sudor en la frente era una caricia. Y poco a poco, surgieron los aplausos. El público llamaba dentro de su cabeza, pero sabía que todo estaba silencioso. ¡Garganta!, ¡Garganta!, ¡Garganta! Le temblaba el cuerpo. Los nervios lo consumían. ¡Garganta!, ¡Garganta!, ¡Garganta! Y entonces se abrió el telón. Abrió los ojos. Abrió las alas. La oscuridad lo cegó. Pero ahí estaba, frente a él, a unos metros de distancia. El espejo de sus ojos mirándolo. El terror en su rostro fue un golpe bajo.
Rodrigo Garganta abrió la boca del asombro. Dejó caer los brazos a un lado pesadamente. Se puso de pie inmediatamente, miro por ultima vez a Oscar, y salio corriendo de ahí.
-¡Cariño! -grito Lourdes, sin soltar su copa de vino tinto.
Rodrigo derrumbo a un chico al pasar por su lado. Todos los demás rieron. Oscar fue tras de él.
-¡Rodrigo! -grito Oscar, pero Rodrigo no se detuvo, siguió corriendo por todos los pasillos, arrollando de vez en cuando a algún empleado domestico. Oscar lo siguió escaleras arriba, pero no podía alcanzarlo. Al final, lo perdió de vista.
-Rodrigo -murmuró Oscar, con un nudo en la garganta-, Rodrigo.
Pero Rodrigo ya no estaba. En su lugar solo había quedado el murmullo, el siniestro, el abandono, el temor, el irascible dolor.
-Rodrigo…
Una guitarra mal afinada de nuevo. Un sonido como de “garganta”. El cielo lo llamaba por fin. Pero todo eso era real.
-Rodrigo.
El sonido provenía de la habitación continua en el pasillo. Abajo se escuchaba un alboroto, pero ahí solo se escuchaba la guitarra. Su hijo.
Abrió la puerta lentamente.

Algún día perdí el camino
Que me llevaba en dirección al sol
Seguí de noche en mis sueños
Más nunca encontré calor.

Si me has perdido
¿Dónde me encuentro hoy?
Si no me hayas
¿Dónde terminare mañana?

Soy tan pobre, tan pobre,
Tan pobre que quiero gritar.
No me mires, soy tan pobre
Soy tan pobre, tan pobre
Que solo quiero gritar.

Por fin la recordó. La letra de la canción que su hijo había cantado cuando era pequeño. La misma canción que ahora cantaba hincado en el suelo sin dejar de sollozar.
Oscar se acerco a él, y le quito lentamente, casi delicadamente, la guitarra de las manos. Lo abrazó, y su hijo temblaba del llanto en sus brazos.
-¿Por qué tardaste tanto?, sácame de aquí -le pidió a su padre-, no quiero que me veas así. Me siento tan pobre.
Oscar lo abrazo más fuerte.
-No te preocupes, hijo, yo también soy pobre.