By Insana,
para Jorge Luis Salgado Sánchez, y su tarea de Animación y guionismo.
© Todos los Derechos de la Obra reservados.
Había una vez, en una jungla, un pequeño simio llamado Manu. Un simio que todas
las noches, cuando la luna menguaba, la admiraba sin siquiera parpadear. Manu estaba seguro de que la luna tenia forma de banana, y que los simios provenían de ahí.
las noches, cuando la luna menguaba, la admiraba sin siquiera parpadear. Manu estaba seguro de que la luna tenia forma de banana, y que los simios provenían de ahí. Un día le comentó a su amigo Danu lo que él creía:
-¿Cómo crees eso? -le dijo Danu, riendo-, ¿de que forma fue que llegamos los simios aquí?
-Yo pienso -comenzó a alegar Manu-, que alguno de nuestros antepasados pudo haberse colgado de un meteorito que pasaba cerca de la luna y así llegar aquí…
-Esas son tonterías -le dijo Danu-, yo pienso que los simios nacimos aquí y aquí desapareceremos todos… además, ¿en la luna que comeríamos, bananas lunares? -y dicho esto, se hecho a reír.
-Pues yo creo que las bananas lunares deben estar muy buenas.
Manu era un simio muy aferrado, y estaba tan seguro de que en la Luna debía haber un millón de plataneros largos y tupidos de plátanos lunares, blancos como la nieve, y de un sabor tan dulce como jamás hubiese existido. Tan aferrado era que ideo un millón de formas para intentar llegar a la Luna.
En una ocasión se arrojó de una rama doblada como resorte, apuntando hacia la Luna, pero lo mas lejos que pudo llegar fue a la roca de una colina con forma de sandia.
En otra ocasión se aferró a las patas de una guacamaya adulta con la esperanza de que esta lo llevara volando hasta la luna, pero la guacamaya se canso tanto de cargarlo que termino arrojándolo en un pantano.
En otro intento, ató una liana con un gancho para ver si así podía alcanzar la punta de la luna y colgarse hasta ella, pero lo único que consiguió fue atarse al ala de un ave misteriosa que no había visto jamás. Era un ave de color grisáceo como la ceniza, y emitía un ruido constante y aturdidor, como el de un tigre. Esta ave voló tan lejos que lo transporto de su jungla verde y colorida, a una jungla gris y pálida.
Cuando el ave tocó tierra firme, Manu se puso a salvo, pero se dio cuenta de que ya no estaba en su hogar. Ahora lo que veía en lugar de árboles eran largas estacas, grises y delgadas, clavadas en el suelo. Y en lugar de simios, veía una criatura muy singular de la que solo había escuchado hablar en los cuentos de sus abuelos: humanos.
Los humanos sintieron por Manu mucha curiosidad, y le pusieron un sobrenombre: “El simio volador”. Los humanos adoptaron a Manu, y Manu se acostumbro con el paso del tiempo a su trato y a sus costumbres, también a su comida, aunque seguía anhelando las bananas lunares.
Cuando Manu pensó que su sueño nunca se realizaría, sucedió algo que hizo que su corazón destellara de alegría:
-Manu ha sido seleccionado junto con diez simios más para viajar con una tripulación de humanos a la Luna.
Cuando Mano escuchó esto, brincó de alegría, dio vueltas de alegría, gritó de alegría…
-Pero todavía tienes que pasar muchas pruebas para ser seleccionado entre esos diez simios, Manu –le advirtieron los humanos.
Pero Manu estaba seguro de que él seria seleccionado. Por eso puso mucho esmero en las pruebas, en donde tuvo que hacer ejercicio, en donde tuvo que responder a pruebas con colores y figuras, en donde tuvo que aprender muchas cosas mas... y cuando hizo todas las pruebas solo le quedaba esperar.
-Manu ha sido seleccionado -dijeron los humanos, imposibles de creerlo.
Pero Manu lo sabía. Lo sabía desde el principio.
Esa mañana llegaron dos humanos muy sonrientes por él. Lo transportaron en otro animal gris como el ave que lo había llevado hasta la estación espacial, en donde un enorme animal blanco y con forma de montaña lo transportaría hasta la luna. Le dieron un disfraz con un casco en forma de burbuja, igual al de ellos, pero adecuado a su tamaño, y subieron con él a la nave.
El animal comenzó a rugir, y Manu se pego a la ventana para ver como el suelo se iba alejando cada vez mas y mas, hasta que se fue haciendo tan pequeño, y la tierra tan redonda y azulada, como una pelota. Cuando Manu miró hacia arriba, vio la Luna tan cerca como jamás imaginó verla.
Aterrizaron despacio, y cuando la puerta se abrió, Manu bajó corriendo para tocar el suelo de la Luna, pero para su sorpresa, comenzó a flotar, y los humanos le explicaron que tenía que caminar con mucho cuidado porque en la luna la gravedad era diferente. Manu, sin embargo, lo sospechaba. Pensaba que así era más divertido para los simios brincar, y cada vez estaba mas seguro de que pronto se toparía con uno.
Pero la luna estaba desolada. Parecía un desierto yermo y blanco, frío y lleno de cráteres. Los humanos caminaron por varias horas sin encontrar nada. A Manu se le fue haciendo cada vez más y más chiquito el corazón, hasta que quedo del tamaño de una nuez.
Cuando los humanos se disponían a marcharse, Manu se volvió para echar una última mirada a la Luna, y justo en ese momento vio una pequeña cabeza asomándose detrás de una loma. Era la cabeza de un simio, que lo miró asombrado antes de desaparecer. Manu se hecho a correr sin importarle los gritos de los humanos. Manu tenía que encontrar la procedencia de ese simio. Corrió tan rápido y tan fuerte, que pronto perdió de vista a los humanos. Corrió tan rápido y tan fuerte, que su traje se rasgo y se le fue cayendo poco a poco, y cuando pensó que se asfixiaría, resulto poseer la capacidad de respirar el aire de la Luna, eso solo le decía una cosa: que los simios podían vivir en la Luna sin ningún problema.
Entonces dio vuelta en una loma, y cuando creyó que casi alcanzaba al simio lunar, lo único que vio fue rocas y cráteres. Todo estaba silencioso. De pronto todas sus esperanzas se cayeron, y pensó en volver antes de que los humanos partieran sin él. Pero al dar vuelta, algo lo golpeo en la cabeza y se volvio para ver que era: en el suelo, sobre un montoncito de polvo blanco, había una banana, una banana blanca con pequeñas manchas negras. Manu se acercó y la recogió, la miró incrédulo a su existencia. Entonces la partió y probó su pulpa. Era la banana mas dulce y deliciosa que jamás hubiese probado en su vida.
Escuchó una risita y miró en todas direcciones para ver de donde provenía.
-Hey, aquí arriba -dijo una voz, y Manu miró hacia arriba. Sobre un enorme Platanero flotante, había una manada de simios lunares con cascos en forma de corona que lo miraban sonriendo, y con bananas lunares en las manos-, ven con nosotros -le dijeron, y Manu, anonadado, dio un brinco tan alto que llego hasta ellos en cuestión de segundos. Entonces el platanero comenzó a moverse lentamente y cuando menos lo esperaba, Manu y el platanero en que viajaba estaba rodeado de muchos más plataneros, repletos de simios lunares con cascos que lo miraban asombrados y divertidos.
Sin soltar su banana lunar, Manu miró como la nave espacial se alejaba de la luna, pero ya no tenia motivos para preocuparse, pues estaba seguro de que había encontrado su verdadero hogar.
-¿Cómo crees eso? -le dijo Danu, riendo-, ¿de que forma fue que llegamos los simios aquí?
-Yo pienso -comenzó a alegar Manu-, que alguno de nuestros antepasados pudo haberse colgado de un meteorito que pasaba cerca de la luna y así llegar aquí…
-Esas son tonterías -le dijo Danu-, yo pienso que los simios nacimos aquí y aquí desapareceremos todos… además, ¿en la luna que comeríamos, bananas lunares? -y dicho esto, se hecho a reír.
-Pues yo creo que las bananas lunares deben estar muy buenas.
Manu era un simio muy aferrado, y estaba tan seguro de que en la Luna debía haber un millón de plataneros largos y tupidos de plátanos lunares, blancos como la nieve, y de un sabor tan dulce como jamás hubiese existido. Tan aferrado era que ideo un millón de formas para intentar llegar a la Luna.
En una ocasión se arrojó de una rama doblada como resorte, apuntando hacia la Luna, pero lo mas lejos que pudo llegar fue a la roca de una colina con forma de sandia.
En otra ocasión se aferró a las patas de una guacamaya adulta con la esperanza de que esta lo llevara volando hasta la luna, pero la guacamaya se canso tanto de cargarlo que termino arrojándolo en un pantano.
En otro intento, ató una liana con un gancho para ver si así podía alcanzar la punta de la luna y colgarse hasta ella, pero lo único que consiguió fue atarse al ala de un ave misteriosa que no había visto jamás. Era un ave de color grisáceo como la ceniza, y emitía un ruido constante y aturdidor, como el de un tigre. Esta ave voló tan lejos que lo transporto de su jungla verde y colorida, a una jungla gris y pálida.
Cuando el ave tocó tierra firme, Manu se puso a salvo, pero se dio cuenta de que ya no estaba en su hogar. Ahora lo que veía en lugar de árboles eran largas estacas, grises y delgadas, clavadas en el suelo. Y en lugar de simios, veía una criatura muy singular de la que solo había escuchado hablar en los cuentos de sus abuelos: humanos.
Los humanos sintieron por Manu mucha curiosidad, y le pusieron un sobrenombre: “El simio volador”. Los humanos adoptaron a Manu, y Manu se acostumbro con el paso del tiempo a su trato y a sus costumbres, también a su comida, aunque seguía anhelando las bananas lunares.
Cuando Manu pensó que su sueño nunca se realizaría, sucedió algo que hizo que su corazón destellara de alegría:
-Manu ha sido seleccionado junto con diez simios más para viajar con una tripulación de humanos a la Luna.
Cuando Mano escuchó esto, brincó de alegría, dio vueltas de alegría, gritó de alegría…
-Pero todavía tienes que pasar muchas pruebas para ser seleccionado entre esos diez simios, Manu –le advirtieron los humanos.
Pero Manu estaba seguro de que él seria seleccionado. Por eso puso mucho esmero en las pruebas, en donde tuvo que hacer ejercicio, en donde tuvo que responder a pruebas con colores y figuras, en donde tuvo que aprender muchas cosas mas... y cuando hizo todas las pruebas solo le quedaba esperar.
-Manu ha sido seleccionado -dijeron los humanos, imposibles de creerlo.
Pero Manu lo sabía. Lo sabía desde el principio.
Esa mañana llegaron dos humanos muy sonrientes por él. Lo transportaron en otro animal gris como el ave que lo había llevado hasta la estación espacial, en donde un enorme animal blanco y con forma de montaña lo transportaría hasta la luna. Le dieron un disfraz con un casco en forma de burbuja, igual al de ellos, pero adecuado a su tamaño, y subieron con él a la nave.
El animal comenzó a rugir, y Manu se pego a la ventana para ver como el suelo se iba alejando cada vez mas y mas, hasta que se fue haciendo tan pequeño, y la tierra tan redonda y azulada, como una pelota. Cuando Manu miró hacia arriba, vio la Luna tan cerca como jamás imaginó verla.Aterrizaron despacio, y cuando la puerta se abrió, Manu bajó corriendo para tocar el suelo de la Luna, pero para su sorpresa, comenzó a flotar, y los humanos le explicaron que tenía que caminar con mucho cuidado porque en la luna la gravedad era diferente. Manu, sin embargo, lo sospechaba. Pensaba que así era más divertido para los simios brincar, y cada vez estaba mas seguro de que pronto se toparía con uno.
Pero la luna estaba desolada. Parecía un desierto yermo y blanco, frío y lleno de cráteres. Los humanos caminaron por varias horas sin encontrar nada. A Manu se le fue haciendo cada vez más y más chiquito el corazón, hasta que quedo del tamaño de una nuez.
Cuando los humanos se disponían a marcharse, Manu se volvió para echar una última mirada a la Luna, y justo en ese momento vio una pequeña cabeza asomándose detrás de una loma. Era la cabeza de un simio, que lo miró asombrado antes de desaparecer. Manu se hecho a correr sin importarle los gritos de los humanos. Manu tenía que encontrar la procedencia de ese simio. Corrió tan rápido y tan fuerte, que pronto perdió de vista a los humanos. Corrió tan rápido y tan fuerte, que su traje se rasgo y se le fue cayendo poco a poco, y cuando pensó que se asfixiaría, resulto poseer la capacidad de respirar el aire de la Luna, eso solo le decía una cosa: que los simios podían vivir en la Luna sin ningún problema.
Entonces dio vuelta en una loma, y cuando creyó que casi alcanzaba al simio lunar, lo único que vio fue rocas y cráteres. Todo estaba silencioso. De pronto todas sus esperanzas se cayeron, y pensó en volver antes de que los humanos partieran sin él. Pero al dar vuelta, algo lo golpeo en la cabeza y se volvio para ver que era: en el suelo, sobre un montoncito de polvo blanco, había una banana, una banana blanca con pequeñas manchas negras. Manu se acercó y la recogió, la miró incrédulo a su existencia. Entonces la partió y probó su pulpa. Era la banana mas dulce y deliciosa que jamás hubiese probado en su vida.
Escuchó una risita y miró en todas direcciones para ver de donde provenía.
-Hey, aquí arriba -dijo una voz, y Manu miró hacia arriba. Sobre un enorme Platanero flotante, había una manada de simios lunares con cascos en forma de corona que lo miraban sonriendo, y con bananas lunares en las manos-, ven con nosotros -le dijeron, y Manu, anonadado, dio un brinco tan alto que llego hasta ellos en cuestión de segundos. Entonces el platanero comenzó a moverse lentamente y cuando menos lo esperaba, Manu y el platanero en que viajaba estaba rodeado de muchos más plataneros, repletos de simios lunares con cascos que lo miraban asombrados y divertidos.
Sin soltar su banana lunar, Manu miró como la nave espacial se alejaba de la luna, pero ya no tenia motivos para preocuparse, pues estaba seguro de que había encontrado su verdadero hogar.

1 comentario:
En realidad es muy buena, me partio el alma en varias ocasiones pero en otras m hizo reir.
Te has preguntado cuantas veces estamos en lugares sin saber nuestra procedencia.
O mejor dicho aún cuantas veces trastiamos en espacios en donde no pertenecemos, MANU por más ridiculo que fuera su idea prevalecio en su alma y siguio con ella.
ASI QUE PARA MI LO IMPORANTE DE LA HISTORIA ES COMO PODEMOS ESTAR FRENTE AQUELLOS QUE CAMBIARAN NUESTRA EXISTENCIA Y MUCHAS VECES NO LO SABEMOS... EL SER HUMANO MAS PEQUEÑO O LA CRIATURA MAS INDEFENSA PUEDE HACERNOS REEVALORAR NUESTRA VIDA Y DARNOS PUNTOS MAS INTERESANTES QUE EXPLORAR.
Te quiero
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